A riesgo de burda y gratuitamente colocarme en la palestra y siguiendo el sentido del pulso nada más, ya confeso y medio a tientas digo, que con mucho temor y providencias recojo acá algunas ideas vertidas en la multireferenciada conferencia "El pase de la muerte", pronunciada en el Instituto de las Españas de la Universidad de Columbia de Nueva York, el 20 de Febrero de 1930, es la voz de Ignacio Sánchez Mejías, escritor, periodista y sponsor de la Generación del 27. En esa oportunidad se diría después, Sánchez Mejías vendría a afirmar la universalidad del toreo:
"...saber torear es saber vivir. En este mundo todos toreamos y el que no torea embiste.
Ahora bien, dice, hay dos inmensos bandos, uno de toros y otro de toreros, y es por lo tanto la lucha por nuestra propia vida la que nos obliga a torear. El mismo público que no actúa, tiene también su turno. El público lo forman toros y toreros que están de vacaciones, pero que tienen su turno para bajar al ruedo.
Naturalmente, Sancho Panza es el único que no torea. En cambio, Don Quijote es la perfección suma de la tauromaquia, el mejor de los toreros españoles. Toda su fortuna la gana con los toros. Y dice: «Fijarse bien en esto, que es de una vital importancia a nuestro tema: La fortuna de Don Quijote la hizo toreando, lidiando el peligro, la muerte, la nada... Y triunfó del toro, de los toros, aun a costa de Sancho, su enemigo. Enemigo, porque era su estómago, porque las cornadas en el vientre son mortales de necesidad y Sancho no quiere morir nunca».
Y continúa así este genial simbolismo: «A Don Quijote le cogieron algunos toros; hubo uno que estuvo a punto de matarlo. El toro del norte. El terrible toro del norte. Pero Don Quijote no se deja matar fácilmente. Para eso tiene su arte, su tauromaquia. Sabe que cuando los toros son fuertes, poderosos, lo mejor es cambiarlos de terreno. Y como sabía torear, cuando vio que le comía el toro el terreno, lo cambia de tercio, es decir de medio, y más claramente de una mitad, de la mitad vieja del mundo a la otra mitad, a la nueva mitad del mundo. Eso sólo lo puede hacer el que es capaz de torear a todos los toros en todos los terrenos».
Hay toros -dice- que no quieren que se les toree, y embisten a la fiesta. Una embestida de esta índole fue la de Roma en tiempo de Felipe II. El papa tiró un hachazo a la tauromaquia y el rey Felipe, torero poco elástico que gustaba de torear en la sombra, se prestó al juego. Fue Fray Luis de León y los teólogos salmantinos quienes salieron a su defensa, y descubrieron una serie de beneficios insospechados en el arte de torear a pie y a caballo.
Una cosa hay que aclarar, dice Sánchez Mejías, ligada con la inutilidad del toro bravo. Se cree que el toro es obligado a embestir contra su voluntad, contra su inclinación. Que el toro que se lidia en las corridas es un toro que robamos a la agricultura porque su gusto sería trabajar, no embestir. Nada más falso. El toro bravo es una fiera como el león, como el tigre. No sirve para el trabajo, porque acomete y mata el hombre. Embiste por naturaleza y a su vez es inextinguible, porque tiene su sitio donde nacer y lo ceba la yerba que nace del suelo.
Esto es muy importante para la ignorancia extranjera sobre este asunto. El día que se sepa que el toro bravo es una fiera, que no sirve para nada, se hablará en tonos muy distintos de nuestras corridas de toros...."
Acá la nota completa publicada en La prensa en 1930. La referencia y el resto de los datos vienen a cuanto porque el 7 de febrero próximo los sentidos se nos quedarán en el ruedo. Iremos con Castella, llamado a ser no para pocos el mejor en la historia reciente.
